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 Entre dos mundos [Crónicas de Astarte].

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StrawberryQueen

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MensajeTema: Entre dos mundos [Crónicas de Astarte].   Mar 31 Oct 2017, 00:58



Astarte

"¿Qué es el honor, comparado con el amor de una mujer? ¿Qué es el deber, comparado con el calor de un hijo recién nacido en tus brazos… o el recuerdo de la sonrisa de un hermano? Viento y palabras. Sólo somos humanos, y los dioses nos crearon para amar… Esa es nuestra mayor gloria y nuestra gran tragedia" —Canción de Hielo y Fuego, de G.R.R. Martin.

SE CREE QUE SU NOMBRE ES ASTARTE
SIN APELLIDOS CONOCIDOS
APODOS: DAMA PLANAR (BY ELYSIA)
NACIMIENTO: 30 DE ABRIL
25 AÑOS
SIN RELIGIÓN CONOCIDA
CLASE: HECHICERA (10)
LINAJE DE SANGRE: DESCONOCIDO
OCUPACIÓN: AYUDANTE DE SASTRE Y COSTURERA.
LUGAR DE NACIMIENTO: DESCONOCIDO
LUGAR DE RESIDENCIA: HEYSTAD
HUMANA
LEGAL MALIGNO



DESCRIPCIÓN FÍSICA

    Lo primero que se hace notar de esta misteriosa mujer, además de su belleza, es el aroma que desprende. Se sabe que su perfume preferido es el de lilas y grosellas, y ese olor dulzón es lo que anuncia su proximidad. No tarda en quedarse uno prendado de su persona una vez se la mira. Cuando llegó a Heystad sin recuerdos, su apariencia era la de una muchacha enfermiza y feucha, con la piel amarillenta y agrietada por las llagas. Hoy día, sin embargo, es todo lo contrario; su piel luce sana, pálida o bronceada de acuerdo a la estación invernal o veraniega, con un toque rosado en sus mejillas que hace juego con sus labios, carnosos y sensuales, habitualmente sonriendo de medio lado. Su rostro redondo muestra unas facciones perfectamente marcadas para embellecer su femineidad. Tiene los pómulos altos, la nariz algo larga y respingona y unos ojos de mirada felina y astuta, con el color verdiazul de la mar. Todo ello enmarcado por una melena de rizos negros, como las alas de un cuervo. Los que saben de sus aptitudes innatas han podido notar que su voz se vuelve etérea y redundante en un eco profundo cuando conjura, hechizante y embriagadora, como si quisiera penetrar en los sentidos del otro para nublarlos. Además sus ojos también varían de color en función del hechizo que esté efectuando; si es uno para potenciar sus habilidades, enajenar o proteger, el verdiazul de sus iris muda a un escarlata intenso y brillante. Si por el contrario se trata de un hechizo hostil para atacar, toda su cavidad ocultar se tiñe de un negro profundo, como dos pozos sin fondo. (Carisma +17)

    Su cuerpo tampoco deja ir detalle de una genética especialmente beneficiada. Aunque de estatura algo más baja que la media, sabe salvar ese pequeño inconveniente calzando tacones que estilicen su figura. Esta es voluptuosa, con curvas justas y generosas en sus caderas, senos y muslos. Además goza de buena salud y eso se demuestra en la resistencia que tiene para caminar largas distancias sin perder el ritmo de sus compañeros o la capacidad que tiene para soportar las inclemencias sin enfermar (constitución 14). Aunque también es cierto que quienes han interactuado físicamente con ella se han percatado de que su piel siempre está no solo cálida, sino con una temperatura algo más elevada de lo habitual, como si tuviera fiebre permanentemente pese a estar completamente sana. Por desgracia en cuanto a fuerza bruta no destaca en absoluto más allá de lo habitual en una mujer de su edad y cuerpo (fuerza 10). Por contra muestra una agilidad y gracilidad casi felinas al moverse. El contoneo de sus caderas se vuelve hipnótico cuando viste prendas algo más ajustadas de la cuenta, y es rápida al momento de moverse, gozando también de buen equilibrio para moverse por terrenos algo más escabrosos con sus botas de tacón (destreza 14).

DESCRIPCIÓN PSICLÓGICA

    Pese a la amnesia sufrida al poco de llegar a Zanundor, Astarte siempre ha dado indicios de ser una mujer con un carácter fuerte, seductor y pasional en todos los sentidos posibles de ambas palabras. Sobrelleva el dolor físico y emocional con madurez, apretando los dientes y siguiendo adelante no importa cuáles sean las dificultades que se presenten en su camino. Cuando quiere algo, lucha por conseguirlo hasta con sus últimas fuerzas, y frecuentemente consigue lo que se propone. Las veces que no lo obtiene, se ofusca tanto que da comienzo una campaña personal para seguir luchando por ello, hasta que lo ve cumplido por perseverancia o cabezonería. Tiene un sentido del humor bastante cambiante según la ocasión; lo mismo hace una gracia alegre y divertida, que dedica un comentario sarcástico o irónico, en ambas ocasiones, capaces de arrancar alguna risa o sonrisa en quienes la oyen. Aunque observadora a primeras, también es extrovertida y no le cuesta nada hacer amistades si ése es su objetivo. Coqueta y sensual sin llegar al descaro ni lo obsceno, es de las que creen firmemente que la insinuación seduce mucho más que la vulgaridad (carisma +17).

    Una vez se profundiza bien en su psique, uno se da cuenta de que es una mujer inteligente, reflexiva y algo estratega. Su astucia le permite percatarse rápidamente de las cosas y elaborar respuestas no solo carismáticas, sino también lógicas y audaces. (Inteligencia 14). Además es una mujer culta que se interesa especialmente por la música y la lectura, así que no es extraño verla con un libro en las manos. Se sabe que tiene conocimientos no solo arcanos, sino también médicos, y habitualmente se la puede ver con una cesta de mimbre recogiendo hierbas, flores y diversas plantas con propiedades medicinales que emplea después en ungüentos, tónicos e infusiones con una habilidad innata solo equiparable a la de los galenos. No obstante debe tener cuidado, pues no es una persona que sepa orientarse en terreno desconocido y habitualmente tiende a perderse a causa de cualquier despiste (sabiduría 10).

    Posee una naturaleza dominante y cautelosa, pero sabe hacerse a un lado y dejar que sea otro quien lleve la voz cantante por su propio bien y el del grupo. Estricta y severa en todo lo referente a la magia y la responsabilidad que conlleva tener un don tan preciado por unos y codiciado o maldecido por otros. No le importa salir en ayuda de quien se haya ganado su confianza y aprecio, aunque no tiene tanta estima por quienes le son indiferentes. Para ella la lealtad y el honor son imprescindibles, tales cosas forman parte de sus principios, y jamás traicionará o atacará por la espalda a quienes crea merecedores de su beneplácito. Por contra es una rival implacable y no le tiembla la mano si debe tomar una decisión tajante o dura para su adversario. Como ya le han llegado a decir, a veces hace alarde una sangre fría casi inhumana.


GUSTOS
• La música y las historias de aventuras. 
• Las adulaciones y cumplidos hacia su físico o inteligencia.
• La sensación de dominación hacia otros.
• Las disputas. Curiosamente le gusta discutir y sentirse vencedora de una.
• Los conocimientos mágicos de cualquier tipo.
• La exploración e investigación de ruinas y emplazamientos antiguos.



DISGUSTOS

• La traición de cualquier tipo.
• La falta de código, modales y valores.
• Que la tomen por estúpida, inculta o ignorante.
• El uso imprudente de la magia.
• Los elfos. Por alguna razón siente aversión hacia ellos. 
• Los insultos, mofas y amenazas.
• Que cuenten con ella como última opción. Es demasiado orgullosa.




HABILIDADES

Modo de defensa: hechicería.
Solturas: encantadora y transmutadora.
Especializaciones: especialista hechizos transmutadores y enajenadores.
Intereses: planes futuros de vincular con un Familiar y seguir desarrollando el poder de su sangre hasta descubrir su linaje.
Armas: su propia magia, varitas y un cuchillo

HISTORIA
      Poco se sabe de esta mujer a la que algunos llaman la Dama Planar. Llegó a Heystad malherida, en muy mal estado y sin recuerdos. Llevaba en sus muñecas unos grilletes en cuyo metal podían leerse unas runas mágicas que impedían la presencia o uso de cualquier magia que proviniese de ella. Al ser una hechicera, como descubrieron más tarde, los grilletes causaban un daño físico en Astarte, pues arrebatarle la magia a un innato es como amputarle una parte de su propio cuerpo. Fruto de ello no había ni un ápice de belleza en Astarte, cuya piel se veía pálida, amarillenta y agrietada por las llagas, como la de alguien que pasa por una enfermedad cruel que acaba poco a poco con su vida. Cada vez que perdía el control de sus emociones, los grilletes reaccionaban coartando aún más la magia de su sangre y por tanto infligiéndole dolor físico que ella denominaba "castigo". Elysia se encargó de atender las heridas externas mientras que Egmont le procuró comida y cobijo hasta que pudo valerse por sí misma. Finalmente acudió al monasterio de las montañas de Kard, donde los monjes, conmovidos por su aspecto e historia, le dieron asilo hasta que fuese capaz de conseguir casa propia.

      Pese a los intentos de sus amigos por intentar que Astarte diese con el director de la academia mágica y que éste la librase del castigo de los brazales, finalmente fueron Heian y Cedrick quienes tomaron la iniciativa de hacerlo. Para ello el hechicero invocó un campo antimagia que anuló las propiedades de los grilletes mientras que Cedrick se encargó de abrirlos usando la fuerza bruta a golpe de martillo y cincel. Tras atender las heridas, deshacer el campo antimagia y permitir que la sangre innata recuperase sus fuerzas, Astarte vio rápidamente una evolución a mejor tanto de su salud como de su físico, convirtiéndose en la hermosa hechicera que es hoy día.

      A día de hoy ha sido capaz de recordar que la salvaron de una muerte segura cuando una turba de campesinos pretendía quemarla en la hoguera, que tiene una hija en alguna parte del mundo y que un día, tiempo atrás, fue la amante de un hombre llamado Ájax, del cual sigue enamorada a pesar de que probablemente no pisen el mismo plano. Sus objetivos más inmediatos son los de seguir desarrollando el poder de su sangre, recordar cual era su linaje, recuperar la memoria, pero por sobre todas las cosas, asegurarse de que su hija sigue viva y a salvo.


CURIOSIDADES

• Astarte es un personaje traído desde otro servidor. Todo lo concerniente a su historia ha sido verídicamente roleado o modificado para concordar con Reinos del Caos. Su amnesia es una forma de justificar la diferencia de niveles entre las dos versiones del personaje.
• Para eruditos que puedan percibirlo: el linaje de su sangre es infernal mayoritariamente, si bien desciende de una criatura muy concreta que hace que tenga también un breve porcentaje de celestial. De ahí vienen sus habilidades innatas para la medicina mundana o la capacidad de hacer aparecer en sus manos un arco de fuego.
• Astarte no es el verdadero nombre del personaje, sino lo primero que fue capaz de recordar cuando le preguntaron su identidad. Los datos concernientes a su historia irán siendo plasmados en la ficha hasta llegar a conocer su nombre real.

©️ JONSEI PARA ITR



Portrait
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Cuando abráis el enlace os saldrá una web que acorta las direcciones. Borrad todo lo que esté delante de "...http://www.mediafire" para poder acceder sin pestañas de publicidad.

Si no, copiad y pegad lo siguiente:

Spoiler:
 

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StrawberryQueen

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MensajeTema: Re: Entre dos mundos [Crónicas de Astarte].   Mar 31 Oct 2017, 01:04

Prólogo
Retazos de un recuerdo
         Los árboles se suceden como una marea invernal de colores mustios y cargados con las primeras nieves. El aire corta la respiración y hace que las mejillas duelan. Pero no pueden permitirse el lujo de preocuparse por eso.

         —¡Corre! —grita la voz de una muchacha—. ¡Corre, no pares!

         Gritos lejanos. Cargados de odio y de rabia. De repente ya no hace tanto frío. Antorchas vislumbran a los costados. Tratan de darles alcance como dé lugar. Aprietan su mano. Fuertemente sostenida, calmando el frío con esa tibia sensación de calidez y cariño. Se preocupa por ella. Por su seguridad y por su vida.

         —¡ATRAPAD A LA BRUJA! —grita una voz en la distancia.
         —¡NO DEJÉIS QUE ESCAPE! —secunda otra—. ¡O SE LLEVARÁ A VUESTROS HIJOS!
         —¡COGED A ESA PERRA DEL DIABLO!
         —¡No les escuches! —dice la muchacha—. ¡Sigue corriendo! ¡No te detengas!

         Siente miedo. Nunca había estado tan asustada. Pronto se da cuenta de que ese temor no es único y exclusivo hacia su seguridad, sino también a la de la muchacha que corre a su lado. Es bastante más joven que ella. Agudiza la vista en un intento de aclarar la mente. Tiene el cabello rubio y largo recogido en una trenza. Sus ropas no corresponden a una mujer, sino a las de un hombre joven. Su vitalidad dista mucho de la debilidad que cada vez se apodera más de los huesos de a la que tanto empeño pone en salvaguardar.

         Un quiebro les ayuda despistar temporalmente a sus perseguidores. Salen a un claro oscuro que culmina en una laguna de aguas negras. Hay dos hombres allí. No puede verles el rostro. Solo puede distinguir una capa roja en uno y una túnica azul en el otro.

         —Le han tendido una trampa —dice el de la capa—. Tiene que haber alguna forma de demostrarlo.
         —A ellos no les interesa que se demuestre nada —ataja el de la túnica; ¿quiénes son ellos?—. El pueblo nunca ha querido a los hechiceros. En el momento que se descubrió que lo era, sus enemigos, que no son pocos, tenían una carta ganadora para deshacerse de ella.
         —¿Y ya está? —espeta la muchacha con indignación—. ¿Dejamos que se la lleven y la quemen por algo que no ha sido culpa suya?
         —Esta mujer —señala el de la capa— ha hecho más por este reino de lo que muchos de quienes la acusan han hecho durante décadas.
         —¿Es que no veis que eso les da igual? —alza la voz el de la túnica—. Sus enemigos quieren deshacerse de ella. El pueblo quiere deshacerse de ella. Nadie en toda la Orden va a mover un solo dedo para salvarla. Es más sencillo tomarla como presa y librarse del problema.
         —¿Y qué hacemos? —se impacienta la muchacha.
         —Tiene que marcharse. No hay otra vía; exilio o muerte.
         —¡Están en el claro!
         —¡Rápido! —apremia el de la capa.

         El hombre de la túnica azul alza los brazos. Sus manos ejecutan un movimiento que acompaña de su propia voz. Sin embargo una explosión cercana le hace encogerse. El hechizo se distorsiona, le hace daño. Algo va mal. Algo dentro de sí misma le dice que algo no está bien, que el sobresalto por la explosión ha causado que el conjuro no sea el mismo. Una luz azulada emerge de la nada y se agranda hasta formar un vórtice de energía.

         —¡SALTA! ¡POR LO QUE MÁS QUIERAS, SALTA!
AgentCarter de OSC

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MensajeTema: Re: Entre dos mundos [Crónicas de Astarte].   Jue 09 Nov 2017, 20:11

Libertad
MADRUGADA| LAGUNA DEL OSO | PERSONAJES: Heian Leonhardt y Cedrick Shaw Kavanagh
         El silencio era absoluto. A excepción de la pierna de Astarte, que no cesaba de moverse nerviosamente puntillando el suelo con el pie. De vez en cuando también tintineaban el par de eslabones que había quedado anexados a sus grilletes después de romper la cadena que los unía. Cedrick estaba sentado a su lado en el mismo bando del patio del Carnero Feliz, junto al cerezo. Estaban esperando a Heian. Habían quedado en reunirse al amanecer, y aunque éste ya se veía cercano, no había ni rastro del hechicero. Aquello ponía de los nervios a Astarte. Temía que se hubiese echado atrás por alguna razón.

         —El tiempo se alarga demasiado —protestó—. Voy a desquiciarme.
         —No queda otra que esperar —sonrió Cedrick.
         —Eso no evita que sea desesperante.

         Antes de que ninguno de los dos pudiera responder, sin embargo, vieron asomar la cabellera rubia de Heian por la esquina. Astarte saltó de su asiento y se acercó a él. Cedrick la siguió notoriamente más calmado. Heian, a diferencia de días atrás, estaba mucho más serio, y aunque era de agradecer que pusiera tanto empeño en ayudarla, Astarte no supo si debía creer que esa seriedad era buena o señal de problemas.

         —¿Lo haremos en el yunque del herrero? —cuestionó Heian nada más darles alcance.
         —¿Cómo que en el yunque? —se sorprendió Astarte, quien miró hacia Cedrick confundida—. ¿No decías que lo íbamos a hacer fuera de la ciudad?
         —Podemos intentarlo primero en el yunque —supuso Cedrick—. Aunque no sabemos qué pasará cuando se rompan.
         —¿Cómo que podemos intentarlo? —se escandalizó, Astarte, que miraba de uno a otro con los ojos desorbitados—. ¿Y qué pasa si explota la herrería con nosotros dentro?
         —Eso… es un buen punto —admitió Cedrick con un breve cabeceo que señalaba a la muchacha.
         —Hagámoslo fuera entonces —acordó Heian con un asentimiento.

         Astarte cubrió su cabeza con la capucha de la capa y les siguió. La prenda todavía olía al perfume de azafrán de Egmont pese a que ya habían pasado varios días desde que se la prestó. Oler aquella fragancia mientras caminaban a las afueras de Heystad ayudó sobremanera a que se calmase. Una parte de ella tenía la sensación de que no era la primera vez que olía un perfume como ése, pero su mente, aun víctima de la amnesia, era incapaz de recordar dónde y en qué momento lo había hecho antes. Aun así, de vez en cuando su corazón daba un vuelco a pensar lo que estaban a punto de hacer. Los grilletes percibían ese nerviosismo y activaban su defensa; las runas se iluminaban con una luz azulada y descargaban su castigo contra su portadora. Las venas de los antebrazos de Astarte se marcaron en seguida, obligándola a seguir el resto de la caminata con los dientes apretados para soportar el dolor.  Su piel, como de costumbre, acentuó también ese tono pálido y amarillento propio de quien está enfermo. Su rostro se vio poseído por ojeras que dotaron su mirada de cansancio, así como también lo consumieron las arrugas y las grietas. Consciente de su aspecto deplorable, y sobre todo acomplejada al extremo por él, Astarte tiró de la capucha para ocultarse del mundo. No quería que nadie la mirase.

         Cedrick encabezó la marcha. Quizá para asegurarse de que no les siguiera nadie con quien se topasen. Detrás de él iba Heian y por último, cerrando el paso, Astarte. Tomaron la bifurcación del sur que llevaba hasta el monasterio de los monjes. Después se desviaron a la derecha. Astarte supo inmediatamente que se estaban dirigiendo a la Laguna del Oso. Había pasado muchas tardes allí, en el muelle, leyendo algún libro o simplemente pensando. Era un lugar despejado y apartado al que no solía ir mucha gente, pero al mismo tiempo estaba lo suficientemente próximo al monasterio como para pedir auxilio si algo salía mal. No era mal sitio.

         Llegaron después de una ardua caminata intensificada por el temor a ser vistos. Se dirigieron hacia el oso disecado. Allí Cedrick despejó la roca más grande de un hacha que alguien había dejado abandonada. Entretanto, Heian abrió su bolsa y sacó unas correas de cuero.

         —Pondré una a cada lado de los grilletes —explicó— para evitar accidentes.
         —Busca una posición donde estés cómoda, Astarte —pidió Cedrick—. Con el brazo sobre la roca, por favor.

         Astarte asintió y se situó junto al oso disecado, donde apoyó la espalda después de sentarse en el suelo. Dejó ambos brazos sobre la roca después de bajarse la capucha. Heian preparó las tiras de cuero mientras Cedrick tanteaba el martillo y el cincel en busca de una postura desde la que pudiese golpear mejor sin errar ni hacer daño a la muchacha.

         —Es el momento —anunció Heian con un suspiro—. Voy a crear un campo antimagia. Si algo te molesta, Astarte, dilo y me alejaré rápido.


         Astarte asintió sin decir nada. Tomó aire para prepararse, nerviosa por la incertidumbre de qué podría pasar. Heian hizo lo propio y tras tomar aire se concentró en un punto fijo para evocar el poder de su sangre. Movió las manos. Un aura de energía le rodeó y se expandió poco a poco hasta una distancia de tres metros. Todos los objetos mágicos que permanecieron dentro de ese radio dejaron de funcionar y se volvieron totalmente mundanos. La armadura de Cedrick fue la primera en perder su brillo. Los grilletes de Astarte, sin embargo, buscaron rebelarse, seguramente inducidos por algún tipo de seguridad mágica que sus creadores se habían encargado de instalar para evitar la fuga de sus prisioneros. Las runas se iluminaron y castigaron severamente a su portadora. Astarte contuvo el grito al principio. Pero cuando las venas de su cuello se marcaron demostrando el esfuerzo, terminó por liberarlo dolorosamente. Después, sin más, las runas se apagaron y los grilletes dejaron de funcionar. Astarte jadeó. Su frente se había bañado de un sudor frío y la piel de la hechicera se veía aún más deteriorada tras el castigo. El corazón le latía con fuerza por el esfuerzo y los nervios.

         —¿Cómo... te sientes? —preguntó Heian.
         —¡Seguid! —jadeó Astarte—. El tiempo corre y cuenta.

         Heian posicionó rápidamente el cincel sobre el sello del grillete izquierdo. Lo sujetó con ambas manos mientras Cedrick tanteaba su objetivo con el martillo. Después de sopesarlo bien, golpeó unas cuantas veces con apenas fuerzas, simplemente para marcar el metal. Después incrementó la fuerza. A cada golpe que daba, Astarte podía sentir el metal del grillete clavándose en su piel, ya de por sí maltratada por tener que convivir con ellos día tras día, sin descanso. Le dolía, pero no protestó. Sabía que si lo hacía detendrían el proceso, y cada minuto de retraso podía culminar en la desaparición del campo antimagia y la imposibilidad de abrir los grilletes. Astarte terminó por cerrar los ojos para no ver lo que pasaba. Los golpes la sobresaltaban, pero eran mucho más llevaderos. A base de constancia y tesón, el primer grillete terminó por ceder. La tuerca salió disparada fuera de la roca. Cedrick hizo palanca con el propio cincel para retirar el resto.

         —Uno menos, Astarte —oyó que decía la voz alegre de Heian.

         Astarte rió con nerviosismo. Mantuvo los ojos cerrados. Heian colocó el cincel en el otro grillete y Cedrick volvió a tantear la distancia y posición que debía aplicar al martillo. Los primeros golpes no se hicieron de rogar, como antes, marcando el metal para saber dónde debía aplicarlos. Heian le iba marcando los tiempos con su voz. Astarte se vio embriagada por el entusiasmo. Y lo que más le gustaba de ello era que los grilletes, ahora inactivos, no la castigaban por ese despliegue de emociones.

         Sin embargo las complicaciones no tardaron en llegar con el grito de Heian. Un grito agudo y estridente que asustó a Astarte hasta el punto de hacerle abrir los ojos. Vio que Cedrick tenía cara de circunstancias —y un poco de arrepentimiento—, pero al bajar la mirada se dio cuenta de que el motivo no era ella, sino el propio Heian; un golpe errado había terminado con el martillo impactando en uno de sus nudillos y dislocándole el dedo de cuajo, que ahora se veía desagradablemente desviado en una postura antinatural, además de sangrante y morado.

         —Luego revisaré ese dedo —dijo Cedrick después de recomponerse; a Heian le rodaban las lágrimas por las mejillas—. Aguanta, ya falta poco.

         Como los dioses le dieron a entender, Heian cambió de mano y sujetó el cincel con la que mantenía sana, tragándose aquel dolor infernal y recogiendo la mano malherida en el regazo. Astarte sintió compasión por él, pero ese sentimiento se volvió opacado por el temeroso egoísmo de tener que quedarse con uno de los grilletes puestos si no continuaban con su propósito. Y ese temor, movido por la necesidad, consiguió que se olvidase del dolor de su amigo y se centrase nuevamente en los golpes de aquel martillo. Cedrick, no obstante, redobló el cuidado con el que descargó el martillo para asegurarse de que no se repetía el incidente. Golpeó y golpeó, hasta que finalmente la tuerca del segundo grillete salió igualmente disparada y pudo hacer palanca para abrirlo.

         —Eres libre —anunció Cedrick.


         Astarte se miró las muñecas. Sin los grilletes se veían extremadamente delgadas y dañadas. La piel estaba en carne viva, llena de arañazos y llagas. Aun así se emocionó y lloró de alegría, feliz porque por primera vez desde que llegó se sentía, efectivamente, liberada de toda carga y presión que aquellos metales impusieron en ella.

         —Pero no hemos acabado —sollozó Heian, aguantando el dolor del golpe—. Todavía nos quedan tres pasos a seguir.

         Astarte y Cedrick se pusieron en pie y le miraron con atención.

         —Primero voy a lanzar los grilletes al agua —tal cual lo anunció, Heian hizo lo que decía ayudándose de la mano sana. Los grilletes cayeron en la laguna limpiamente. —Y ahora voy a desactivar el campo antimagia.
         —¿Y cuál es el tercero? —preguntaron al unísono los otros dos.
         —¡Correr! —culminó el hechicero.

         Y así lo hicieron. En cuanto Heian deshizo el campo antimagia, los tres se alejaron a la carrera de donde se encontraban. Cedrick iba el último dado el peso de su armadura, pero Astarte les sorprendió con una agilidad por encima de lo habitual. Casi parecía un felino corriendo, y a cada paso que daba, esa gracilidad se hacía más notoria. A sus espaldas, los grilletes brillaron desde el fondo de la laguna con una luz más intensa de lo habitual. Heian y Cedrick echaron el cuerpo a tierra por si acaso. Astarte, sin embargo, giró y se agazapó, encarando la laguna para ver qué ocurría. Lejos de lo que temían, no hubo ninguna explosión y los grilletes, sin más, se apagaron y quedaron inertes en el fondo de las aguas, que se calmaron instantáneamente.

         —Bueno… —titubeó Heian—. El lado positivo es que ahora puedes guardarlos de recuerdo.
         —No esperaba que explotasen, sinceramente —comentó Cedrick.

         Ambos se giraron para ver cómo se encontraba Astarte. Lo que vieron les dejó atónitos los minutos en los que se sucedió. Como si la cura de un mal resfriado se tratase, la piel de Astarte perdió lentamente ese tono pálido y amarillento. En su lugar fue sustituído por otro mucho más saludable, con el blanco propio de la estación invernal, pero mejillas y labios rosados, apetecibles incluso. Las arrugas y llagas desaparecieron y dejaron tras de sí la piel tersa y suave de una quinceañera, pese a que Astarte gozaba a todas luces de la veintena. El cabello negro se rizó y adquirió brillo, enmarcando un rostro redondo y de facciones marcadamente felinas. Era como si la mujer que estaba en la laguna ya no fuese la desvalida Astarte de antes; en su lugar había otra mucho más hermosa que no se parecía lo más mínimo, como si cada rasgo de su rostro y su cuerpo se hubieran apoderado de una belleza sobrenatural y antes inexistente. Los ojos verdes de Astarte cambiaron de color a un reluciente escarlata al tiempo que sentía bullir la magia en su interior. Fue entonces consciente del telar que les rodeaba. Unas finas y translúcidas hebras hacia las que extendió su mano, centrada en las sensaciones que le aportaba. El escarlata de sus ojos se tiñó gradualmente de un negro profundo que invadió toda la cavidad ocultar hasta asemejarse a dos pozos sin fondo. Y entonces gritó. No era una un grito de dolor como hasta entonces, sino de euforia. Un grito de libertad. En sus manos aparecieron relámpagos que rodearon su cuerpo y después se desprendieron del mismo, recorriendo la laguna en zig-zag hasta impactar contra la piedra donde fueron abiertos los grilletes.

         Poco a poco el negro de sus ojos fue desapareciendo. Volvían a ser verdiazules, como antes de dejarse llevar por su sangre, mas también habían hecho suyos el brillo propio de la astucia.

         Después de un silencio prolongado en el tiempo, fue Cedrick quien se animó a hablar primero.
         —Si hubiera sabido antes que era tan hermosa… —bromeó.

         Y le cayó un capón de la mano sana de Heian, quien acto seguido levantó frente a la cara del sacerdote el mismo dedo que le había dislocado con el martillo.
         —Deja de mirarla y atiéndeme a mí.
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MensajeTema: Re: Entre dos mundos [Crónicas de Astarte].   Sáb 11 Nov 2017, 19:36

Cuando sangra el corazón


         Los sueños se mezclaban. Agitaban. Inconclusos y confusos. Pero todos ellos tenían el mismo destino. Los mismos brazos y los mismos labios. Los mismos ojos azules y el mismo cabello rubio. El mismo aroma de aceites y azafrán. La misma capa roja y armadura dorada. La misma risa, la misma provocación y la misma tentación. Las mismas sábanas. La misma cama. Los mismos besos en su piel. Las miradas de complicidad. Los juegos y las risas. Un baile en una mascarada llena de gente y en donde podían mirarse el uno al otro sin pensar en el qué dirían. Danzando libres bajo sus máscaras. Una rosa. Otro beso.

         En todos sus sueños estaba presente él. Ájax. Solo era capaz de recordar un nombre, su nombre, y bastaba para que se estremeciera de pies a cabeza. Se preguntaba dónde estaría. Cuáles serían sus planes, qué habría hecho durante el día o si pensaría en ella de la misma forma que pensaba en él, a pesar de las flaquezas de la mente, que aún presa de la amnesia, no parecían ser tales como las flaquezas del corazón. Y ahí estaba ella. Esperando. Eternamente esperando. Como si aquella situación le fuese familiar. Como si algo dentro de ella quisiera despertar un recuerdo lejano que, irónicamente, sentía que ni siquiera le pertenecía. ¿Pero cómo podrían tenerse recuerdos de otra persona que no fuese uno mismo? La sola idea suena a delirio.

         Colocó uno de sus rizos negros tras la oreja izquierda y suspiró. Astarte seguía sin saber apenas nada sobre sí misma o siquiera si ése era de verdad su nombre. Pero no se sentía vulnerable con ello tanto como con el hecho de saberse amando a una persona que, si los demás tenían razón, ni siquiera pisaba el mismo plano en el que se encontraba ahora. Una parte de ella quería enfocarse en la búsqueda de su hija. Esa muchacha que había visto también en sus sueños y por la que sentía un vínculo solo propio de una madre. Pero esa noche había decidido entregarse a la melancolía. A la desesperación. A la tristeza. Porque ningún ser humano sería capaz de soportar la angustia que apretaba en el pecho sin flaquear una sola vez. Ni siquiera ella. Y si debía flaquear, prefería hacerlo en soledad, donde nadie pudiese verla. Donde nadie pudiese sentir lástima, compasión o vergüenza.

         Apoyó la mano en la pared, junto a uno de los ventanales del monasterio. Miró al exterior. Nevaba, y esa nieve acrecentaba la sensación de nostalgia.
         —Ven a buscarme —susurró.
         «No va a venir. No seas estúpida».
         —Ven a buscarme.
         «Nunca te ha querido. Lo único que quería era tu magia y la has perdido».
         —Ven a buscarme.
         «¿Por qué iba a querer a alguien como tú teniéndola a ella?»
         —Ven a buscarme.
         «Nunca ha mostrado interés por ti. Siempre has sido tú quien le buscaba».
         —Ven a buscarme.
         «¿Para qué perder el tiempo buscándote a ti, que ya has estado en su cama, cuando puede estar con otras? Solo eres una más, mujer. Estúpida. Solo has sido una más. Porque tú no eres ella. No eres su esposa. Nunca vendrá a por ti. Estás sola».

         Los demonios de su cabeza eran crueles. Siempre lo son, a fin de cuentas, pero hasta entonces nunca les había prestado atención. No tanto como ahora. Las voces se apagaron, pero en su lugar aparecieron imágenes. Veía a Ájax desnudo y compartiendo lecho con otras mujeres. Era sustituible. Era reemplazable. ¿Para qué malgastar su tiempo con ella? Ya no estaba allí. No estaba a su lado. Sintió la dentellada de los celos ardiendo en su pecho, haciéndola sangrar, quebrándola como garras que rasgan cruelmente y sin compasión. Aceites y azafrán. Su aroma. La otra mano se posó en la frente cuando las lágrimas comenzaron a brotar. Inundaron su rostro con un tortuoso río de impotencia y dolor. Porque dolía. Dolía terriblemente. Quiso gritar. Y lo hizo.

         La montaña ahogó su grito. El silencio la arrojó al vacío.
AgentCarter de OSC

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StrawberryQueen

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MensajeTema: Re: Entre dos mundos [Crónicas de Astarte].   Vie 17 Nov 2017, 17:56

Despertar
Retazos de un recuerdo (flashback)
         —No ha sido culpa tuya, pequeña.

         Una frase. Seis palabras. Se preguntaba si todas las caídas comenzarían igual o si nadie podría siquiera hacer el esfuerzo de entenderla. Un ataque abrupto de tos que no le pertenecía la asustó y trajo de vuelta a la realidad. Sentada en el suelo hizo el esfuerzo de mirar a su marido mientras trataba de levantarse. La diferencia de edad entre ambos era amplia; mientras que la joven apenas había alcanzado los catorce años, Ahmed ya sobrepasó los cincuenta. Se suponía que debía cuidar de ella. Se suponía.

         Gimió y se llevó una mano a la cara, allí donde otro moratón comenzaba a tomar forma tras la última paliza. Le dolía todo el cuerpo, pero estaba segura de que aquel dolor no era ni la mitad del que recibiría cuando Ahmed recuperase las fuerzas. Tenían visita. Acababa de recordar que tenían visita. Una pareja de casados y posibles compradores que se habían interesado por las costosas joyas de Ahmed. Tenía que encargarse, junto a las demás esposas, de preparar el hogar. Pero la muchacha, en su inexperiencia y nerviosismo, metió la pata. Se incomodó bajo la mirada de aquella hermosa mujer, Irrumare, y derramó las bebidas. Ahmed se puso hecho una furia por miedo a dejar una mala impresión en sus clientes.

         —No ha sido culpa tuya, pequeña —repitió Irrumare.

         Se encogió bajo la mano protectora de esa mujer y recordó. Recordó que el instinto la había hecho apartarse y huir de las manazas de Ahmed. Que éste la aferró del pelo, ignoró los hematomas que ya lucía desde días atrás y se dispuso a añadir otros más golpeando su estómago y asestándole un puñetazo en el ojo izquierdo. Recordó, de la misma forma que la bruma de un sueño ligero, que algo dentro de ella se activó, un instinto de supervivencia que la instó a revolverse y pretender zafarse de él. No pudo. Se sintió impotente, y la impotencia atrajo consigo furia. Contra sí misma y contra el hombre con la que la habían obligado a casarse, el mismo que había convertido su vida en un infierno. Se enfureció con sus padres y también con sus hermanos por no haberla defendido. Deseaba gritar. Deseaba golpear. Deseaba clavar sus uñas en Ahmed. Lo hizo. Las manos se posaron en el rostro de su marido para empujarle lejos de ella, y si era posible, también arrancarle los ojos a base de arañazos. Y notó algo.

         —No podías prever que ocurriría —aportó Malik junto a su esposa.

         ¿De verdad no podía? Había sentido algo. Sus emociones embargándola, tomando el control de su juicio y de su cuerpo como nunca antes. La furia, el rencor y el odio apoderándose de sus actos y de su sangre. Sí, su sangre. No podía estar loca, no tenía más remedio que haber sido real. La realidad de haber sentido su sangre hirviendo en sus venas, susurrando como si tuviera voz propia y extendiéndose en un excitante hormigueo hasta sus dedos. Esos dedos que había clavado en los ojos de Ahmed y que comenzaban a rezumar un humo negruzco parecido a un centenar de sombras que quisieran emerger de su cuerpo. Ahmed gritó. Le estaba haciendo daño y aquello…

         —Te ha complacido, ¿verdad? —susurró Irrumare a su oído.

         Miró a su marido, ya en pie, que no sabía si sentirse engañado, molesto o temeroso de lo que acababa de suceder. La mitad de su rostro estaba sembrado de quemaduras. No, era algo más. Estaba pálido, se tambaleaba. Su semblante era el mismo que el de alguien que hubiese perdido repentinamente las fuerzas. Las mismas que ella podía sentir en su interior. Sí… Le había complacido. Le complacieron sus gritos de terror y dolor, sus esfuerzos por intentar librarse del fuego que pretendía robarle la vida. Le complació sentir que durante unos minutos tuvo el control de su destino y la posibilidad de decidir si quería que Ahmed lo conservase o no. La sola perspectiva de recordarlo hizo florecer una sonrisa peligrosa en los labios de la inocente chiquilla.

         —Sería maravilloso si pudieras volver a sentirlo, ¿verdad?

         Ahmed frunció el ceño. No entendió qué estaba ocurriendo. No sabía por qué Irrumare murmuraba esas cosas al oído de su esposa. Pero la niña encontró en esos susurros una muda invitación a seguir dejándose llevar. Y le gustaba. Pero también le asustaba. Su vida dependía de la de Ahmed, ¿qué pasaría una vez él ya no estuviese?

         —¿Qué harías si se te diera cobijo? —inquirió Malik de la misma forma que si hubiese sido capaz de saber lo que pensaba.
         —Cualquier cosa —admitió la muchacha.

         Irrumare besó su mejilla y después acercó los labios al oído.
         —Pues hazlo. Déjate llevar por el odio. Hazte una con él… Y cumple tus deseos.

         Y entonces recordó. Recordó algo que le hizo comprender por qué estaban Malik e Irrumare allí. Algo que sirvió para que entendiese hasta qué punto todo ese poder yacía guardado en su interior a merced de alguien tan miserable como Ahmed. Recordó, como un soplo de aire fresco, un cuento que había pasado de generación en generación entre los miembros de su familia. Una leyenda tonta que pretendía explicar por qué de vez en cuando nacía alguien con alguna que otra habilidad o rasgo peculiar. Un cuento que hablaba de la sangre de una criatura no humana mezclada con la semilla de un hombre que sí lo era hace tanto tiempo que ya ni siquiera recordaban sus nombres. ¿Y si había algo de verdad dentro de la fábula?

         —No vas a hacerlo —escupió Ahmed.

         La pequeña alzó la mirada hacia él. Pudo leer la promesa de más golpes en sus ojos. Pudo leer una vida destrozada y con las cadenas que él quisiera imponerle a la fuerza. Pudo leer muchas cosas, pero ninguna de ellas era tan seductora como la libertad que le ofrecían Irrumare y Malik.

         —Los dioses —se oyó decir entonces— no son esclavos.

         Sin importarle el daño que pudiera hacerse a sí misma, la muchacha se lanzó hacia el fuego del brasero más cercano y lo arrojó sobre el comerciante. Los gritos y el olor a carne quemada se alzaron rápidamente y prendieron el resto de la lona de la tienda en medio de la noche, brillando en el desierto. Sintió las manos de Malik arrastrándola hacia el exterior con ahínco, seguidos ambos de Irrumare. La voz de alarma, sin embargo, no se dio hasta minutos después, estando aquel punto de intercambio tan alejado que aún tardarían en acudir.

         —Te espera un arduo camino en los años venideros —anunció Irrumare con una torva sonrisa—. Aunque estoy segura de que será uno muy interesante.

         Ella también lo estaba.
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MensajeTema: Re: Entre dos mundos [Crónicas de Astarte].   

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Entre dos mundos [Crónicas de Astarte].
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