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 Lisange Galäthiel

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Nietavikinga
Reina de los Pandas
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MensajeTema: Lisange Galäthiel   Dom 18 Dic 2016, 18:36

Parte I


Lisange nació en el seno de una familia muy rica, de noble linaje, hija de un humano que se había logrado hacer un hueco en el empleo del comercio, amasando así toda su fortuna y una elfa, reconocida como una de las mejores arcanas en su anterior hogar. Como familia noble, la niña de cabellos pelirrojos, ojos almendrados y color miel, a juego con unas salteadas pecas que decoraban su rostro, recibió clases de baile, piano, violín, protocolo… Todo aquello que la mujer de un noble necesitaría durante su vida. Aunque Lisange lo odiase, su doncella, quien cuidaba de ella y de su hermana Ewalinne, se esforzaba lo máximo para que, al menos, fuera productivo.


Vivían en la gran ciudad de Puertoazul, al norte de Lanthor, la cual estaba rodeada por inmensos bosques, en los cuales habitaban numerosas especies de animales y algunas tribus compuestas por humanos y elfos, encargados de salvaguardar la seguridad del lugar.


Los progenitores de Lisange siempre habían sido muy sobreprotectores tanto con ella como con su hermana. Jamás le dejaron salir de los muros de la ciudad, ni ir más allá de la vista de los guardias del Rey que protegían las calles. Esto siempre fue un problema, ya que a la joven muchacha de dieciséis años le encantaba explorar todo aquello que le rodeaba.


Desde muy pequeña, sabía que tendría que casarse con quien su padre mandase, aunque no le terminaba de convencer, menos aún cuando le presentaron a su primer prometido, veinte años mayor que ella, de gran peso y estruendosa voz. Con tan solo su presencia, Lisange sentía asco, ya ni mencionar cuando se acercaba a ella a agarrarla por la cintura, o hacerle cualquier caricia.
Aproximándose su boda, sentía que no estaba bien hacer aquello, por mucho que el señor de la casa, su padre, la obligara a hacerlo con la excusa de: “Es lo mejor para ti, pequeña pelirroja”. Así pues, se dirige una mañana hacia el escritorio de su padre a plantarle cara.


-Padre, voy a ser directa con vos. No quiero casarme con ese hombre que me presentó. Soy libre de tomar cualquier decisión en mi vida y vos no tiene por qué obligarme a compartir mi vida con quien mande –dijo Lisange, mientras, decidida, apoyaba sus manos sobre la mesa de Heldor, su padre, quien miraba fijamente a su hija mientras hablaba, con rostro serio. Cuando ella acabó, se dispuso a formular su réplica, no sin antes levantarse de su silla soltando la pluma que tenía entre los dedos.
 
-Pequeña pelirroja, –respondió en un tono de voz pausado- vas a casarte con quien yo diga, porque, como te expliqué, es lo mejor para ti. El día que tu madre y yo faltemos, él será quien te mantenga, y me consta que tiene riquezas y capacidad como para hacerlo tan bien como nosotros. Así pues, dirígete a tus aposentos y recapacita sobre esto.
 
No conforme con la respuesta de su padre, siguió protestando, alargando así la conversación que con el paso de los minutos tornó en una fuerte discusión, recibiendo gritos y respondiéndolos con lágrimas de impotencia. Una vez vio que su pequeña batalla estaba perdida, salió de allí, se dirigió a su habitación mientras su rostro se envolvía de lágrimas y sin pensárselo dos veces, cogió las pocas cosas que poseía y fue corriendo hacia el exterior de la casa y, aunque al principio merodeó un poco por las calles sin rumbo fijo, acabó saliendo de las murallas y adentrándose en los bosques.
 
Al principio se sentía agobiada. No sabía hacia dónde ir o dónde no pisar. Conforme oscurecía, ese sentimiento de agobio se acrecentó, hasta tal punto que se sentó al pie de un árbol, se envolvió sobre sí misma para dar paso a que sus ojos se llenasen de lágrimas, cayendo sobre sus rodillas. Sintió algo húmedo y frío tocar sus manos. Alzó la mirada para poder ver de qué se trataba. Cuál fue su sorpresa al ver a un perro sentado, de rostro simpático, mirándole.


Un poco más allá un apuesto semielfo, de cabello rizado y color miel, con una amplia y preciosa sonrisa acompañado de unos grandes ojos grises, quien preguntó a Lisange qué le había pasado.


Una vez informado aquel explorador, le ofreció llevarla a su tienda donde podría pasar la noche en calor y poder comer algo. El asentamiento estaba más elaborado de lo que nuestra muchacha podría haber esperado, pues imaginándose unas cuantas tiendas de campaña, se encontró todo un poblado que, aunque pequeño, era muy acogedor. Aquella noche sólo estaba Béleriand.



La noche se hizo por completo sobre el bosque, aunque ambos ni siquiera se dieron cuenta, ya que la pasaron en su totalidad hablando de sus intereses en común, de animales y de cómo sobrevivían sin pisar la ciudad. Lisange, fascinada, no dejaba de preguntar todas sus inquietudes, y la mayoría de las veces recibía la esperada respuesta acompañada de una sonrisa y una pequeña risa, causada por el interés que la adolescente le ponía a todo.


A lo largo de los siguientes días, se podían oír los caballos y las pisadas a lo lejos: Heldor estaba buscando a su hija por todos lados. Béleriand y Lisange se las ingeniaron para permanecer escondidos y no poder ser rastreados, al fin y al cabo, el semielfo tenía ventaja. Sabía a la perfección dónde esconderse y andar sin dejar ni pizca de rastro, además aprovechó para enseñárselo a Lisange, junto con pequeñas instrucciones de uso del arco, una herramienta que en el futuro, la mestiza amaría con todas sus fuerzas.

Tras unos días, mientras ambos dormían, abrieron la puerta de su cabaña y la sacaron a rastras por el pelo, dejándola caer sobre la hierba de mala manera, propinándole, además, una patada en el estómago, a lo que la joven sólo contestó con resistencia y quejidos. Béleriand salió inmediatamente y empujó con todas sus fuerzas al que atacaba a Lisange. Ella, con ayuda del perro, que acudió en su ayuda, se incorporó lentamente y lo primero que pudo hacer es descubrir quién era: el hombre con el que su padre la había prometido.

Su alrededor se había vuelto desastroso: numerosas cabañas estaban en llamas, y el séquito del aborrecido prometido de Lisange se estaba encargando de apuñalar a los batidores que dormían y, los que no, intentaban plantarles cara, derribando a un pequeño grupo.


La situación era violenta, pues su “prometido” había desenfundado una pequeña daga y no le temblaba la mano a la hora de abalanzarse sobre Béleriand. Ambos se fundieron en un prolongado forcejeo, que terminó con el noble hundiendo su daga en el abdomen del explorador, haciendo que se desplomara en el suelo al instante.

Lisange se dirigió rápidamente hacia Béleriand, ya que, hasta entonces, había estado siendo retenida por dos de los hombres de aquel indeseable, mientras no paraba de gritarle, el cual sólo se limitó a decir una frase mientras montaba en su caballo y se volvía a marchar:Esto ha sido por tu culpa”.


El explorador perdía mucha sangre. Su muerte era cuestión de tiempo, pero mientras aún conservaba el aliento, cogió el arco que llevaba atado a su espalda y se lo tendió a Lisange: “Me has hecho mucha compañía durante estos días y nunca antes había conocido a alguien procedente de la ciudad con semejante corazón e interés por mi mundo. Quiero que te quedes con mi arco y lo utilices como a mí me hubiese gustado hacerlo”. Y mientras le acariciaba la mejilla e intentaba esbozar una leve sonrisa, exhaló su último aliento y cerró sus ojos para siempre.

Lisange, impotente por no haber podido hacer nada, cogió el arco mientras se secaba las lágrimas, se levantó y junto al resto de los integrantes de la tribu, llevaron a Beleriand hasta la playa más cercana, donde lo subieron a un barco para echarlo a navegar y después quemarlo. 


Pasaron días, semanas y meses, y Lisange no se planteaba volver a casa. No echaba de menos a sus padres ni su casa. Los caballos cesaron a la segunda semana. Sea como fuere, ya no la estaban buscando.


Convivía con los demás integrantes de la tribu de Béleriand, quienes se encargaron de enseñarle todo lo que su difunto amigo hubiera querido, pues el cariño que le profesaba a la pelirroja había crecido más y más con cada día que pasaba.


La joven, ya con diecinueve años, sabía que no podía quedarse allí eternamente. Sentía que no aportaba nada al grupo y sólo había causado molestias, por lo que la hora de partir había llegado. Recogió sus pertenencias junto con el arco, el cual colgó a sus espaldas, y se despidió de todos los exploradores y druidas, sobre todo del perro de Béleriand, a quien había cuidado durante toda su estancia en el asentamiento.


Su paso ligero la llevó hasta un pequeño pueblo, a pocos pasos entre Laedan y la tribu, donde vivió los próximos años e hizo gran parte de su vida. Allí encontró al que sería el amor de su vida, un joven soldado al servicio del ejército de Lanthor, fornido, con el cabello color de oro y los ojos con la mirada más tierna que jamás había visto. Su carácter era similar al de Lisange, por lo que congeniaron a la nada de conocerse. Era su perfecto “príncipe azul”, la cuidaba y mimaba como nadie antes lo había hecho. Siendo así, ambos jóvenes decidieron dar lugar al matrimonio en una pequeña playa cerca del pueblo. Sin duda, una boda preciosa, solos los dos y el sacerdote. La pequeña pelirroja siempre lo iba a recordar. Se amaban como en las historias de trovadores, pasaban todo el tiempo posible juntos por lo que la idea de formar una familia llegó pronto.

Aunque, habría dado su vida con tal de que no muriese en el enfrentamiento que se dio en aquel acogedor pueblo justo unos pocos meses después de su boda. Él le pidió que corriera, que se pusiera a salvo y no mirase hacia atrás. “Te encontraré y viviremos juntos hasta que la muerte nos separe, te lo prometo, Lis.”, le dijo. Pero ese día jamás llegó.


Lisange corrió y huyó de aquello, se asentó en una lejana villa, conocida como la Blanca y allí esperó a su marido. Semanas, y él no aparecía. Fue cuando descubrió entonces su embarazo, algo avanzado. Quizá un mes, o incluso dos, de gestación. Estaba esperando un hijo de su querido soldado, y cuando más falta le hizo, dos soldados de Lanthor llegaron con las noticias. El hombre que le había prometido volver y vivir con ella para cuidarla, había caído en a manos de los vyrannusitas que asaltaron su anterior hogar.


Algo murió dentro de ella. Sintió que una parte de su corazón había sido arrancada y que jamás podría reponerla de la misma manera. Tuvo que sobrellevar el embarazo en solitario, para después criar a su hija lo mejor que sabía. Había nacido una niña preciosa. Con los cabellos finos y rubios como su padre, pero las puntiagudas orejas de Lisange. La joven madre se hacía ilusiones con lo que podría llegar a ser Minaë, pero sabía que aún así, le faltaba un padre.


En ocasiones, años después, trabajaba para una banda al margen de la ley, la cual se encargaba de hacer la justicia que los altos cargos no habían sabido hacer. Dicha asociación, requirió las habilidades de Lisange para asesinar a alguien que denominaban “importante”. No le temblaban las manos. Años atrás, posiblemente, no habría creído si le hubieran dicho de lo que iba a ser capaz y aunque a veces se plantease dejarlo por la vergüenza que pudiera sentir de ella su difunto marido, sabía que eso le estaba dando de comer a su hija. 


Sesgaba vidas a sangre fría, e incluso en ocasiones, lo disfrutaba. De hecho, aquella tarea la hizo sin ningún problema, aunque lo que no sabía era que las dificultades estaban por venir. Después de finalizar su trabajo y cobrar su recompensa, llegó a casa, despachó a la niñera y cenó en tranquilidad con su hija de tan solo cinco años. En cuanto subieron al piso de arriba para acostarse, Lisange oyó un ruido abajo y bajó a comprobar qué había sido.


Se encontró en el salón a cuatro encapuchados revolviendo entre sus cosas, y cuando lo vieron, todo se paralizó: dos de ellos se dirigieron hacia ella, propinándole, uno de ellos, un bofetón de tal magnitud que cayó al suelo. El otro, se tiró encima de ella y empezó a desnudarla. Lisange no paraba de gritar e intentar quitárselo de encima. Tan sólo rezaba para que su hija no saliese de su cama al escuchar los gritos.


Sus intentos por evitar la violación fueron en vano. Afortunadamente no se cebaron con ella y pasó rápido. Con algo de ropa por encima, la ataron a una silla y otro de los encapuchados subió al piso de arriba, bajando con Minae bajo el brazo. En cuanto Lisange la vio, comenzó a intentar zafarse de las cuerdas que la apresaban, sin éxito ninguno. Gritaba y gritaba pero tampoco funcionaba. Le rogó por activa y pasiva a los encapuchados que dejaran a su hija en paz, pero éstos la sentaron frente a su madre, la cogieron del pelo para alzar su cabeza, y deslizaron una daga a lo largo de su cuello, degollándola y haciendo que se desangrase, mientras otro de los presentes, articulaba unas palabras:Esto ha sido por tu culpa”.

Dejaron el cadáver de Minae tirado en el suelo a los pies de Lisange y se marcharon.


Los llantos de aquella madre aún perduran en su mente, pues las horas llorando desconsoladamente sin poder retirarse las cuerdas fueron abundantes. Tan sólo limitarse a estar rodeada del mar de sangre de su propia hija.


Entonces, la aún joven pelirroja, juró que encontraría a quienes a su hija y les daría el mismo tipo de muerte.

 

Pero, ¿era este acontecimiento tal y como se ha contado?


Última edición por Nietavikinga el Vie 07 Sep 2018, 22:37, editado 1 vez
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Nietavikinga
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MensajeTema: Re: Lisange Galäthiel   Dom 18 Dic 2016, 19:46

Parte II


Transcurrió un largo tiempo desde el suceso que marcó la vida de Lisange, pero para ella aún seguía vigente en su mente, tanto en recuerdo como en imágenes. Aún podía sentir el olor característico de la sangre resecándose por todo el suelo. Aún podía recordar la impotencia de no poder moverse y abrazar a su hija por última vez, mientras su vida se escapaba de aquel pequeño cuerpo.


Se dice que el amor de una madre hacia sus hijos puede llegar a propinar la más grande de las fuerzas, pero ella no las sentía. No tenía esperanzas. Todo por lo que vivía había desaparecido.
Inesperadamente y casi inconsciente, se arrastró por el mar de sangre, aún atada, y llego hasta su equipo de “caza”, el que utilizaba para sus encargos y, con la punta de una de las flechas de su carcaj, consiguió desgastar las cuerdas y zafarse de ellas.


Corrió hacia el cadáver de su hija, acarició sus ya pálidas mejillas, peinó su rubio flequillo, y con una mezcla de lágrimas y sonrisa, susurró las últimas palabras que le dedicaría a Minae:


- Mi niña, mi pobre niña. Reúnete con tu padre, él te cuidará, y cuidad de mí desde allá donde estéis, porque esto no quedará así. Mi haz de luz, descansa. Te quiero, Minae.


Apretó a la niña contra su pecho, besó su frente y la cogió en brazos. La llevó hasta una improvisada tumba y allí la dejó. Dejó caer unos pétalos de flor sobre el suelo, se cubrió con la capucha, ajustó su carcaj y emprendió el camino hacia otro sitio. Un sitio lejos de casa. Un sitio lejos del recuerdo y del pasado.


Lisange había estado haciendo el trabajo sucio a sus superiores durante muchísimo tiempo, y ahora era hora de que se lo hiciera a ella misma. Su hija ya no existía, y lo único que la mantendría con esperanzas de vivir sería la venganza.


Su sed la corrompió. Había sido una excelente niña, un ángel como mujer, siempre sonriente, siempre para los demás, pero aquellos encapuchados la habían obligado a tornar su alma de negro.
Completaría su aprendizaje como arquera por sí misma y después buscaría, aunque sus pies desgastasen, a quienes le quitaron su vida. Su camino comenzaría pidiendo ayuda a los que tantos encargos había hecho. Éstos, cuando tuvieron en conocimiento el incidente, miraron a otro lado, dándole la espalda a la semielfa, y, además de eso, le negarían cualquier otro trabajo.


-Si te ha pasado eso, es que no has hecho bien tu trabajo. No has sido lo suficiente discreta y has permitido que te reconocieran. No trabajarás más para nosotros. No nos lo podemos permitir. Esto ha sido por tu culpa.


Así pues, con la negativa y el abandono que sentía, cogió todas sus pertenencias, desempolvó su viejo arco, regalo de Béleriand, y puso rumbo al sur de Lanthor, con la esperanza de que allí encontraría algo.


El viaje fue duro: a pie, a caravana, caballo… pero ella jamás se detuvo. Llegó a su destino, siguió su entrenamiento con ayuda.


Un día, consiguió una de las pistas que le conducirían hasta el primero de los encapuchados. Inexperta y sin pensarlo, se dirigió a donde su información la había llevado. Se trataba de una fortaleza oculta, incluso más grande de lo que ella pudo imaginar.


Se adentró oculta y sigilosa. No tenía un plan, sólo se dejaba guiar por su instinto, lo que no era común en ella. Deslizóse hasta el salón más profundo, dejando cualquier detalle atrás, sin vigilar sus espaldas. Lisange tan sólo quería encontrar al primer responsable y víctima y darle muerte. La venganza y la obsesión la poseían, no podía tener ningún tipo de control.


Llegó a la puerta de la habitación indicada, descolgó su arco y cargó una flecha. Rompiendo su silencio, pateó la puerta y la abrió, descubriendo en el interior a un hombre de avanzada edad aunque fornido, vestido con armadura y con arma.


Ambos estaban sorprendidos. El encapuchado no esperaba a Lisange, y la muchacha quedó sorprendida por la circunstancia. Tras unos segundos de quietud, el hombre se levantó rápidamente para dirigirse a la pelirroja que le apuntaba con el arco. Nerviosa por la reacción, disparó su flecha, fallando su objetivo, y el proyectil impactó contra una de las paredes. El hombre desenfundó su espada, asestándole el primer corte en el brazo, el cual le obligó a soltar el arco. La sangre volvía a abundar por el suelo. Lisange entró en pánico, y con su otra mano, desenfundó su estoque, sin mucho éxito, ya que en el segundo golpe, la volvió a desarmar.


El encapuchado, aprovechando su vulnerabilidad, le acarreó un golpe, derribándola y cayendo al suelo.


Lisange volvió a inundar sus ojos de lágrimas impotentes, y arrastrándose por el suelo, cual gusano vencido, intentaba escapar de aquél. La situación resultaba patética. Tan ansiada había sido su venganza y allí se encontraba, fracasando ante su primera posibilidad.
El hombre la agarró del pelo para levantarla, respondiendo la arquera con un fuerte grito de dolor. La miró a los ojos mientras la sostenía, sonrió de forma sádica y la volvió a tirar al suelo. Volvió a desenfundar su arma.


La joven pelirroja, derrotada, sosteniéndose su brazo inutilizado por el corte y cubierto de sangre, cerró los ojos para esperar su muerte, pero el siguiente sonido que escuchó no fue el de la espada dirigiéndose hacia ella, sino todo el peso de aquel hombre rebotando sobre el suelo, inconsciente.
Miró tras ella y allí pudo verla. La elfa a la que le había contado sus intenciones. La elfa salvadora, tal como ella misma se denominaba. Extendió su mano para ayudarla a levantarse para salir de allí cuanto antes.


Ya en un lugar seguro, vendó sus heridas y las dejó reposar. Sus enemigos ya sabían que ella estaba allí, por lo que no podía permitirse quedarse por más tiempo.


Recogió de nuevo sus cosas, tomó un barco hacia otro continente, donde recuperaría la movilidad perdida de su mano y donde seguiría buscando, esta vez, con la experiencia de ser más cauta y no dejarse dominar por la venganza y la sed de sangre.



Cuándo llegaría, qué habría en aquel nuevo lugar. No le importaba, sólo quería respirar, y agradecer por tener una nueva oportunidad para seguir con sus objetivos. Por ella, por su hija, Minae.
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Lisange Galäthiel
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